Y
soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
La
vida es sueño, Calderón de la Barca.
Pesadilla tremenda la vivida
aquella noche.
Yo formaba parte de la tripulación de
un barco pesquero que regresaba tras pasar varias horas faenando en
alta mar. La pesca había sido excelente. Ningún incidente
reseñable.
Tras la maniobra de virado del
aparejo, una vez izadas las redes, se habían abierto y depositado en
cubierta las capturas. Luego se procedió a clasificar y guardar la
pesca en la bodega.
Todo se desarrollaba con normalidad
cuando, de repente, las cosas cambiaron. El estallido de un relámpago
anunció el inicio del temporal, paulatinamente aumentó la fuerza
del viento y la lluvia hizo acto de presencia. El barco comenzó a
cabecear y a balancearse de babor a estribor.
Todavía estábamos muy lejos de la
costa, a unas cuarenta millas. Y ahora se nos presentaba un escenario
de tempestad. Un oleaje tremendo comenzó a zarandear la nave como si
estuviera hecha de papel. Por si fuera poco, llovía cada vez con
mayor intensidad y, lo peor de todo, no había luna ni estrellas que
alumbraran un poco la escena, con lo que la sensación de miedo y
desamparo eran enormes. Parecía que el abismo había abierto sus
fauces y amenazaba con tragarnos en un santiamén. La angustia,
transformada en auténtico pavor, nos oprimía el pecho a los que
formábamos parte de aquella tripulación.
Al final, de
tanto desesperarme y removerme, desperté angustiado y, durante un
segundo tan solo, disfruté del alivio que supone haber dejado la
pesadilla atrás.
Había regresado a mi mundo real.
Nada había cambiado.
Me di cuenta de mi lamentable
situación.
Seguía tumbado en el suelo, frío y
duro como una lápida. Seguía allí, encadenado al muro y con
grilletes en los tobillos. No sé qué hacía yo soñando ocupar el
lugar de un pescador del primer mundo cuando no dejaba de ser un
simple esclavo del tercero y que sería subastado en el mercado esa
misma mañana al mejor postor.