Lo normal eran los crujidos. Aquella vieja mansión de techos altos, destartalada y fría, comprada a destiempo y sin reformar, de vez en cuando se quejaba. Y el lamento solía proceder de los goznes de las puertas, de las cañerías, de las baldosas de la cocina o del baño, de las tablas que formaban la tarima del suelo, de alguna teja movida por el viento…
A veces, en medio de la noche, un golpe seco, como de rotura, partía en dos el silencio que hasta ese momento nos acompañaba. Aquello nos sobrecogía al principio, aunque luego nos íbamos acostumbrando. Es más, yo diría que pasó a formar parte de nuestra existencia, suavizando y dando un toque de color a una relación en la que la rutina y la falta de comunicación se habían erigido como condimentos únicos de un aliño inevitable tras más de cincuenta años de convivencia.
Sí, ya sé que lo suyo hubiera sido invertir treinta o cuarenta mil euros en hacer ciertas reformas, pero la falta de ganas por un lado y las escasas perspectivas de futuro que se tienen cuando se van a cumplir ochenta años no contribuían a emprender acción alguna. Por esa misma razón fue por la que eché con cajas destempladas al mozalbete aquel que se presentó en mi casa empecinado en instalar en el tejado placas fotovoltaicas.
—En diez años puede usted recuperar el dinero invertido.
—A saber dónde estaré yo para entonces.
Y le cerré la puerta en las narices.
Sea como fuere, el caso es que, debido a la edad de la edificación, los achaques propios de una casa casi centenaria habían decidido instalarse y compartir sus quejidos junto a nosotros.
—Parece que crujen las lamas de madera del somier —me decía Elisa una mañana de invierno según nos levantábamos de la cama.
—Son mis huesos, cabrona, que ya vamos también teniendo una edad.
jejejejeje, los huesos también crujen..jajaja y tanto
ResponderEliminarYa te digo. Los huesos crujen y las casas viejas tienen achaques como las personas mayores. Todo un concierto.
EliminarLos huesos crujen y en general se quejan demasiado a partir de cierta edad.
ResponderEliminarVeo que no soy yo solo.
EliminarUn saludo.
Las reformas a ciertas edades no son lo mas recomendable, tampoco los caserones con escaleras antiguas. Mejor un apartamento con ascensor en suelo urbano.
ResponderEliminarSaludo.
¡Te lo cambio!
EliminarSaludos.
Muy realista. Un beso
ResponderEliminarGracias, Susana.
EliminarYa tus comentaristas han dicho lo esencial, la correspondencia entre los crujidos de la casa y los de los huesos por la edad. Afortunado relato que refiere una gran verdad. A los ochenta años, salvo que seas Trump que los roza, ya no se tienen ganas de iniciar reformas o cambios demasiado grandes -a veces ni pequeños-.
ResponderEliminarEn cuanto a placas solares, hay que decir que han sido un pésimo negocio. No se amortizan ni en diez ni en veinte años. Yo las puse hace cuatro años. Actualmente, el precio de venta de la electricidad es bajísimo por lo que los excedentes no compensan nada. Y lo peor es que la electricidad es muy barata durante el día y muy cara por la noche cuando no sirven las placas solares. Me arrepiento de su instalación. Nos engañaron, no hubo subvenciones, y ahora son inútiles. Fue dinero perdido.
Saludos.
Yo ya no me quiero meter en reformas. Siempre les tuve pánico. Ahora más. Mis suelos porcelánicos crujen de vez en cuando por la dilatación debido al suelo radiante. Me han dicho que con el tiempo se levantarán las placas. Temblando estoy.
EliminarUn saludo, Joselu.
Llegamos a una edad en la que los huesos son como reliquias y hasta asumen musicalidad de ayes severos. No digo que no les hagas caso, pero tampoco les preste demasiada atención.
ResponderEliminarUn abrazo crujientito.
Yo solo les presto atención cuando me lo dicen ellos, mis huesillos.
EliminarUn abrazo, Paco
Lo viejo se hace frágil. Saludos
ResponderEliminarLey de vida.
EliminarSaludos, Antorelo.
Pues ten cuidado, pues hay veces que se rompen sin el menor crujido.
ResponderEliminarSobre todo, las vértebras tienen esa maldita costumbre.
ResponderEliminarMaldita naturaleza la humana. ¿No había otro material mejor para hacernos? Deberíamos ser de PVC. Flexibilidad no nos faltaría.
EliminarNo me crujen los huesos a mis 80 años, pero sí la cama cuando me acuesto.El cachondeo que me traigo, porque supongo que son mis familiares muertos que se pelean por ocupar un espacio y trato de acomodarlos.Mi mujer se mosquea,con el diálogo.
ResponderEliminarClaro. No me extraña que cruja la cama. Con tanta gente no hay manera.
EliminarSaludos.
Nos van llegando los crujidos y no se pueden frenar.
ResponderEliminarY no solo crujen los huesos, cruje hasta el ánimo.
Ya no estamos para reformas pero si por reformar fuera habría que reformar la vista, el oído, los dientes...no llega para tanto la pensión.
Un saludo.
Es verdad. Bastante tenemos con las reformas personales como para buscar otras fuera de nosotros.
EliminarSaludos.
Coñe! Me llevo una sorpresa al ver que tenéis la osamenta con Spotify incorporado, efectos de sonido y todo tipo de percusiones. Mira tú! Y los míos más silenciosos que un lama meditando. Eso sí, la que cruje es mi garganta expulsando más improperios que el Capitán Haddock. Porque serán silenciosos, pero los muy cabrones, duelen y molestan que no veas. Puta vida.
ResponderEliminarCreo que la garantía acaba a los 40 años y luego vienen los achaques. Ley de vida. Cada uno se lleva lo suyo.
EliminarSaludos.
Obsolescencia programada.
EliminarSí. Jejeje. Las lavadoras duran menos.
EliminarMás allá de los crujidos, aquí hay mucha vida compartida y mucho callar aprendido. A veces los ruidos acaban haciendo de conversación cuando ya no se habla tanto.
ResponderEliminarHay algo muy reconocible en esa forma de convivir con lo que no se arregla, ni en la casa ni en la relación, y seguir adelante sin dramatizarlo.
El final, dicho con esa guasa tan doméstica, apunta a más de lo que aparenta.
Tienes mucha razón: bienvenido el ruido cuando lo que predomina en el hogar es el silencio compartido.
ResponderEliminarUn saludo, Angelo.
ja, ja, ja, siii . Mi marido dice que tengo cascabeles en las rodillas aunque a mi me suenan más a carraca. Felices ruidos. Un abrazo
ResponderEliminarLos ruidos nos acompañan.
EliminarUn abrazo, Arantza.
Los huesos crujen mientras la vida pasa.
ResponderEliminarEse caseron mejor que lo dejen como está.
Las reformas son un jaleo.
Bien contada y entretenida historia
Un saludo Cayetano
Puri
Gracias, Puri.
EliminarSaludos.
Cayetano:
ResponderEliminar¡sólo faltaba que, además de ruidos, también tuviesen fantasmas!
Salu2.
Cuando todo el mundo sabe que los fantasmas son silenciosos.
EliminarSaludos.